fbpx

Enseñar valores no es enseñar comportamiento o dar instrucciones.

La educación de los niños es una tarea diaria y no tan sencilla. Cuidar de su seguridad, estómago, enseñanza, talento y diversión requiere mucha energía y tiempo. Los padres hacen cada vez mayor esfuerzo para cuidar del desarrollo de sus niños. Por otro lado, más a menudo hablamos hoy de la crisis de valores. ¿Y dónde aprender valores si no en casa? Haciendo entrevistas con algunos padres de España y de Polonia, con aquéllos de la generación de mis padres, pero también con los más jóvenes, he podido escuchar sobre sus intentos por transmitir valores a sus hijos y me di cuenta de una cosa: muchas veces los padres enseñan a sus hijos comportamientos, no valores. 

Somos maestros en instruir a nuestros hijos: Haz esto, no hagas aquello, no hables aquí, compórtate así, siéntate bien, no puedes, debes, tienes que…, pero ¿les decimos por qué?

¿Qué es lo que les enseñamos? Yo pienso que muchas veces enseñamos comportamientos, no valores. Les decimos cómo deben comportarse y queremos que nos imiten. Los valores están detrás del comportamiento, es lo que nos motiva a actuar de una u otra manera. Y a esto muchas veces no llegamos. ¿Por qué es importante? ¿Qué valor tiene determinado comportamiento? Podríamos incluir esas preguntas en la educación de los hijos. Los niños no tienen que entender o deducir los motivos que hay detrás de un comportamiento, su capacidad de reflexionar no está tan desarrollada. ¿Qué queremos conseguir instruyendo a los niños? ¿Que “se comporten bien” porque se lo exigimos y porque hay alguien que los vigila o porque realmente ven valor en ello? Ya es tiempo para dejar de sólo instruir a nuestros hijos y a educarles y practicar con ellos los valores.  Algunas veces puede parecer que no hace falta explicar nada porque los niños pueden observar a sus padres y entienden la situación. Si fuera así, los niños que más regalos reciben de sus padres serían los más agradecidos o los niños cuyos padres más horas pasan trabajando serían los más trabajadores. ¿Es así? 

¿Los valores se transmiten de una manera automática?

 

Hace varios años participé en un proyecto de prevención e intervención con familias. Eran familias que se enfrentaban con problemas económicos. Veía madres (en muchos casos los padres habían abandonado a la familia) muy valientes y luchadoras. Intentaban conseguir dinero trabajando de lo que fuera. Se sacrificaban por la familia limpiando pisos, haciendo compras para personas mayores y realizando otros trabajos de este tipo. Algunas trabajaban muy duro. Había varias que estaban empleadas, pero las condiciones eran muy precarias, trabajaban muchas horas, se levantaban muy temprano y volvían a casa tarde, no tenían vacaciones… No decían nada porque pensaban en el bien de sus familias. Intentaban crear las mejores condiciones posibles para sus hijos. Ellas no tenían ropa de marca ni otros lujos, mientras que sus hijos tenían móviles mucho mejores que el mío. Las mujeres sacrificaban su tiempo y salud. ¿Piensas que trabajando tan duro automáticamente transmitían a sus niños el valor de la familia y del trabajo? Ellas estaban convencidas de eso, pero, desafortunadamente, el comportamiento de sus hijos no lo reflejaba. Especialmente me acuerdo de una madre. ¡Qué mujer más fuerte y qué sacrificio hacía! Pero sus hijos (bastante mayores) no querían limpiar sus habitaciones, y menos aún el espacio común. Sin embargo, cada vez esperaban de su madre más, por ejemplo, un mejor móvil. No era una casa donde el dinero sobrara. Era una casa donde la madre salía por la mañana, volvía por la noche y después se ponía a limpiar, cocinar, etc. Esos hijos veían cómo se esforzaba su madre y qué duro trabajaba para poder proveer no sólo sus necesidades básicas, sino también sus deseos y caprichos. Parecía que la palabra “gracias” no estaba en el vocabulario de esos hijos. Es verdad que los niños imitan el comportamiento de los padres, pero hay cosas que requieren un momento de reflexión y explicación.

Tenemos a una madre trabajadora e hijos que ni siquiera quieren limpiar sus habitaciones, una madre que sacrifica sus necesidades y deseos viviendo humildemente y jóvenes que piensan en unos móviles más “guays”, una madre que piensa en los demás y unos hijos que se olvidan de la persona más cercana que tienen. Los valores que muestra la madre, no se reflejan en la vida de sus hijos. Es un escenario bastante común. Los valores no se transmiten de una generación a otra automáticamente. Los hijos tendrían que analizar por qué su madre se comporta así. Pero para analizarlo, tendrían que primero detenerse a pensarlo y hacerse esa pregunta. Normalmente no lo hacen (¡nosotros, los adultos, tampoco nos paramos frecuentemente a reflexionar¡). Aquí surge la necesidad de educar en valores a los niños.

¿De verdad queremos enseñar valores?

 

Acabo de hablar sobre la necesidad de educar en valores. Sin embargo, creo que en realidad sí queremos educar, pero no queremos enseñar valores. Te lo explico. 

Los valores son solo conceptos. ¿Quieres que tu hijo/a sepa la definición de la amabilidad o que la practique? Queremos que los niños practiquen los valores, por tanto hablamos de la actitud.

VALORES EN PRÁCTICA = ACTITUD

¿Y qué es una actitud?

La actitud es lo que pensamos, sentimos y cómo reaccionamos ante una situación. 

Lo mejor que puedes promover y potencial en tus niños para prepararlos para la vida adulta, tanto profesional cómo personal, es la actitud.

Las personas pueden tener los mismos conocimientos, los mismos títulos, las mismas habilidades, los mismos cursos, el mismo entorno y lo que marcará la diferencia será su actitud. Tanto en la vida privada como en la vida profesional.

Siendo empresario y teniendo 5 empleados con las mismas cualificaciones y la misma experiencia laboral en puestos iguales, ¿a quién ofrecerás un ascenso? Supongo que a la persona cuya actitud en el trabajo más te guste.

En la vida profesional, es la actitud lo que nos hace destacar, es nuestra personalidad, es cómo tratamos el trabajo, cómo reacionamos a críticas, cómo gestionamos el estrés, la cara que ponemos ante los clientes, la manera de comunicarnos,  saber trabajar en equipo, es poder confiarnos una tarea importante, cumplir con lo que decimos, no hacer lo mínimo, sino que tener iniciativa, buscar mejoras y estar abiertos a aprender cosas nuevas… La lista sigue y sigue Piensa en la gente más exitosa, la gente que admiras y respóndete a ti mismo: ¿están donde están solo por un papel que han conseguido (de hecho, ¡conseguirlo requería cierta actitud!) o más bien por su actitud de determinación, perseverancia, innovación, apertura…?

En la vida privada es la actitud lo que nos permite tener una vida plena y feliz. Puedo recibir la misma educación que otra persona, puedo haber trabajado en el mismo sitio que otra persona, puedo tener dos niños como otras personas, vivir en el mismo barrio que otras personas, puedo tener el mismo coche que otras personas… y de todos modos no ser feliz. Con experiencias parecidas y en circunstancias casi iguales puedo ser infeliz, mientras otros son felices. Puedo no saber disfrutar de lo que tengo, aunque otros solo sueñen en tener lo mismo. Puedo tener todos los lujos del mundo y tener una autoestima baja o estar deprimida. Puedo llegar a ganar un premio Oscar y cometer suicidio una semana más tarde. Vemos claramente que la felicidad no depende de lo famosos que somos o lo mucho que poseemos. De hecho, en los paises más desarrollados es donde más suicidios hay. ¿Tal vez la felicidad hay que aprenderla en lugar de buscarla en cosas materiales?

No siempre podemos dar a nuestros hijos todos los bienes materiales que nos gustaría que tuvieran, pero sí podemos educarlos hacia la felicidad. Podemos enseñarles actitudes que tomar ante la vida.

Podemos enseñarles a reaccionar ante un desafío, a perseguir sus sueños, a disfrutar de las cosas pequeñas, de la comida, los paisajes, del sol, a ser proactivos y no pasivos, a tomar la responsabilidad por sus actos y no culpabilizar a otros, a perdonarse a uno mismo, a apreciar a los demás, a ayudar y dejar que le ayuden, a ver el lado positivo…

Resumiendo…

Desde mi punto de vista, una educación consciente en valores no es esperar que los niños sigan nuestro ejemplo, que nos imiten. Y tampoco es darles instrucciones (haz esto, no hagas aquello, pide perdón, comparte tu juguete, no golpees a tu hermana…). Para mí, educar en valores es: plantear a los niños un tema concreto y analizarlo juntos. Podemos usar distintos recursos como cuentos, películas o simplemente pararse a reflexionar sobre una situación que ha tenido lugar. Crear espacio y tiempo para analizar y sacar conclusiones. Y luego viene también la parte práctica: poner estos valores en acción. Dar ejemplo nosotros, los adultos, y reconocer o crear las oportunidades para que lo experimenten los hijos. Al final, saber la definición de la generosidad no nos hace generosos. Un valor es solo un concepto hasta que lo practicamos. Por eso lo que importa en realidad es la ACTITUD

Espero que haya sido un rato útil de reflexionar conmigo.

Saludos,

Aga

Descarga mi Pequeña Guía de Valores en la sección de

Recursos GRATIS

Páginas con recursos gratuitos para EDUCAR EN VALORES:

1. Cuentos para dormir – un sitio con muchos cuentos educativos para leer o escuchar: 

https://cuentosparadormir.com/cuaderno-de-los-valores

 

2. Blog del Profe Juan – otro sitio con muchos cuentos:

http://blogdelprofejuan.blogspot.com/p/cortos.html

 

3. Educación tres punto cero – una recopilación de cortometrajes educativos:

https://www.educaciontrespuntocero.com/recursos/cortometrajes-educar-en-valores/

 

 Recuerda, son herramientas, no te conformes con leer un cuento o ver un corto. Impulsa la reflexión y el aprendizaje 😉

BLOG

Artículos que pueden interesarte:

¿TE GUSTA EL CONTENIDO DE ESTE SITIO WEB?

SÚMATE AL GRUPO DE PAREJA SMART