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¿Qué tiene que ver nuestra identidad con la paz en el mundo?

Hoy te voy a contar sobre 2 personas que conocí y que tienen una cosa en común: se identifican con sus abuelos o padres. Luego os diré por qué esta actitud puede ser explosiva para el mundo.

 

Cuando nos mudamos a Francia, una de las primeras personas con la que hablamos fue un antenista que vino a reparar la tele. Conectamos muy bien y pronto empezamos a charlar. Cuando preguntó de dónde éramos y descubrió que yo venía de Polonia, nos contó su historia familiar y que uno de sus abuelos también era polaco. La charla siguió, nos sentamos alrededor de la mesa para tomar algo y en un momento, de repente, el hombre hizo un comentario sobre los alemanes que son malos y… mejor no digo más.

 

Hace años conocí a un chico joven que nació en Alemania y cuyos padres venían de Turquía. Nos conocimos en Inglaterra en un intercambio. Durante un taller, este joven empezó a hacer críticas sobre la sociedad alemana por “ser unos cabezas cuadradas”, se quejaba y se reía de sus costumbres y su modo de vida.

 

¿Qué tienen en común estas dos historias? Las dos personas han mezclado sus propias identidades con las de sus antepasados. ¡Reflexionemos!

 

El antenista tiene aversión a los alemanes por lo que sufrió su abuelo, no él. Él no ha vivido en los tiempos de guerra.

 

El chico joven que nació y vivió toda su vida en Alemania, donde también estudió (era ingeniero) y pudo desarrollarse, tiene en la cabeza una imagen de Turquía como la tierra prometida, un lugar idílico, sin embargo, vive amargado en un país que, de hecho, le brindó muchas oportunidades. El chico va a Turquía solo de vacaciones, no obstante, tiene grabado que es un paraíso y Alemania, pfff. ¿Nunca se preguntó por qué sus padres se mudaron? ¿Le hablaban de la parte positiva de vivir en Alemania? Evidentemente sus padres estaban sufriendo por ese gran cambio de vida, pero él ya había nacido en la realidad alemana y ha aprovechado las oportunidades que le había brindado este país y su nacionalidad. El chico mantenía la narración de sus padres y transmitía sus penas, pero integradas en su propia historia personal.

 

Sus historias familiares pasaron a ser las suyas, los “enemigos” de sus antepasados pasaron a ser los suyos, el querido país de infancia de sus padres pasó a ser el suyo. Los tres se identifican con otras personas, pero, aunque fueran sus familiares, no son ellos, ¡no es su historia personal, no son sus vivencias ni sus experiencias! Es tan simple como saber que tu compañero de piso no eres tú, tampoco eres tu hermana, tu marido o tu hijo. Tú eres tú. Y tienes tu propia identidad. Ellos se han identificado con los dolores y los sueños de sus familiares. Se han apegado a la narración de sus padres o abuelos y no han creado la suya. Siguen manteniendo la misma narración y no se dan cuenta de que su historia y experiencia han sido distintas.

 

Mi abuela sobrevivió a la guerra. Tuvo que separarse de su familia, dejar todo e huir. Perdió a algunos de sus familiares que fueron brutalmente asesinados. Sin embargo, nos hablaba de las personas que cometían crueldades y de los héroes que ayudaban a los demás. De los segundos incluso más. No generalizaba, no transmitía odio. Si mi abuela, que sufrió cosas inimaginables, fue capaz de perdonar y pasar página, ¿qué derecho tengo yo de pensar mal de una nación? Además, quien comete maldades no es una nación, sino personas concretas y esas personas ya no están. ¿Por qué culpabilizar al nieto por lo que hizo su abuelo? El derecho no funciona así. Si tu abuelo, tu padre o tu marido roba algo, no vas a la cárcel tú, sino él. Porque tú no eres él. Parece obvio, pero tantas veces nos identificamos con las historias que no son nuestras, con las emociones que no son nuestras, con las penas y vivencias, con las visiones, sueños, anhelos… que no son nuestros.

 

Esta actitud puede ser muy peligrosa. Si seguimos olvidándonos de que nosotros somos nosotros y no nuestros padres, y de que nuestra historia es distinta, las guerras nunca se acabarán. Siempre tendremos argumentos para luchar y para alimentar el odio.

Tampoco terminarán las críticas y aversiones. Cuántas personas han emigrado y lo que transmiten a sus hijos es una visión de su país de origen idealizada y un montón de quejas sobre el lugar donde viven actualmente. ¿Esto fomenta la integración y la convivencia? La nueva generación echa de menos un sitio que probablemente exista solo en las mentes de sus padres. ¿Les va a resultar fácil ser felices donde están? El país donde viven compite con uno idealizado.

 

“Yo soy” tiene un gran impacto en nuestra personalidad e identidad. Y el lenguaje de los padres es un factor importante. “Tú eres italiano” es distinto de “tu abuelo era italiano” o “tienes un antepasado italiano”. La diferencia parece sutil, pero le da más libertad al niño de ser quien es o quiera ser y de tener su propia historia y no vivir la historia de otras personas, aunque sean personas queridas.

 

¿Queremos que haya paz en el mundo? Una de las cosas que podemos hacer es no mezclar las experiencias de nuestros antepasados con las nuestras y dejar que nuestros niños escriban su propia historia, en lugar de reescribir la nuestra.

 

Cada uno de nosotros tiene su propia narración sobre la realidad. ¡Cuidado con la narración que presentamos a nuestros hijos! Los hijos escuchan wink

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