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No quiero casarme

¿Cuáles son los motivos típicos para no casarse?

En esta entrada escribo sobre algunas de las razones por las que muchas personas no quieren casarse. ¿Las has oído alguna vez? ¿Te parecen lógicas? Compartiré contigo mi perspectiva e intentaré desafiarte para que reflexiones sobre ellas.

 

“No necesito ningún papel”

Es algo que oigo bastante a menudo de las personas que no quieren casarse. Sí, estoy de acuerdo con ellas, no necesitan ningún “papel” para demostrar que aman de verdad. ¿Para qué casarse entonces?

Para abordar este tema quiero primero abatir la idea de que el casamiento es un acto de amor. ¿Y no lo es?, puedes estar preguntándote, ¿la gente no se casa porque se quiere? Seguramente los novios en el momento de casarse se amen, sin embargo, el casamiento en sí no es una expresión de amor. El casamiento expresa tu voluntad. Piénsalo, el documento que firmas no certifica que tú amas a tu pareja. ¿Quién podría verificarlo y decidir si tu amor es un amor verdadero o no? Expresas tu voluntad, no tu amor porque el amor lo expresas diariamente con tus actos. Cuando sirves a tu pareja, cuando la escuchas, cuando le dedicas tu atención, cuando le preparas un plato que le gusta; esos son los actos que expresan amor. Firmar un “papel” no lo es.

Sabiendo ya que demuestro mi amor diariamente con mis actos y no solo en un evento que se llama “boda”, ¿para qué me caso? Como ya he dicho, el casamiento expresa tu voluntad. En el momento de firmar el acta informas al Estado: esta es la persona con la que voy a compartir mis bienes, la persona que puede representarme, a la que llamar si algo me pasa y la que puede tomar decisiones si yo no tuviera esta capacidad. Informas al Estado cuál es tu voluntad y de esta manera evitas que el Estado tenga que adivinarla. De hecho, no es y pienso que no debería ser su rol. Imagínate que te mueres en un accidente. ¿Le debería corresponder a tu pareja una parte de tus bienes? Si hubiéramos pasado solo un año viviendo juntos, tal vez no, pero si fueran cinco, tal vez sí, y si fueran veinte, entonces debería ser tratada como mi esposo o esposa. ¿Quién marca esos plazos? ¿Y si fueran cuatro o tres? ¿Dónde está el límite? Podrías pensar también: si no tuviéramos hijos, pues no, pero si los tuviéramos, entonces sí. Pero ¿por qué favorecer a los que tienen niños? ¿Ellos sí se aman de verdad? ¿A los que tienen niños les une un vínculo auténtico, en cambio, los que no los tienen están en una relación menos seria? ¿Por qué debería ser considerado de otra manera el caso que te presento en cuestion de años vividos juntos o de si tuvieras o no niños con tu pareja?  Hay cuestiones en las que el Estado no debe intervenir como un juez que verifica si es/era amor o no. Tal vez tú pasaste con tu pareja solo un año, pero yéndote de este mundo le dejarías todo. Sin embargo, otra persona que llevase veinte años con su pareja y tuviese niños con ella, podría tener otra actitud.

Al Estado no le interesa el amor (¿cómo saber si dos personas se aman de verdad?), sino tu voluntad. ¡Y así debería ser! ¿Para qué entonces sirve casarme? Para que las instituciones sepan mi voluntad y no tengan que adivinar o investigar, yo misma se lo facilito.

Y sirve no solamente para las situaciones catastróficas. Fíjate, vivimos en un mundo en el que hay que firmar muchas cosas. ¿Quieres un crédito? Firma aquí. ¿Quieres que alguien pueda recoger a tu niño del cole sin ser su padre o madre? Firma aquí. ¿Quieres que alguien tenga acceso a tu cuenta bancaria? Firma allá. No vivimos en un mundo de suposiciones, sino en uno donde es necesario que expreses y confirmes tu voluntad. ¿Se debería suponer que alguien, por el simple hecho de ser tu pareja, debería tener ciertos derechos, sin que tú lo confirmes? Si no expresas tu voluntad, las cuestiones se resolverán “por defecto” y, en algunos casos, asignando a distintas instituciones el papel de “investigador del amor verdadero”. No sé tú, pero yo prefiero decidir por mí misma y expresar cuál es mi voluntad.

 

“No me gustan las ceremonias grandes”

Es muy común que pongamos el símbolo igual entre el acto de casarse y la boda. Sin embargo la boda es la ceremonia durante la cual ese acto tiene lugar y la fiesta que suele seguirlo. Hay personas que tienen aversión a casarse porque no les gusta este tipo de celebraciones que se hace con mucha pompa o no ven sentido en gastar dinero en una fiesta. Yo no te estoy animando a organizar esta fiesta, ni siquiera te estoy animando a casarte. Simplemente debes ser consciente de que una cosa no necesariamente implica la otra y lo más importante de todo eso es el acto de contraer matrimonio. Parece obvio, pero a menudo oigo el argumento de que es una fiesta ridícula. Varios de mis amigos o familiares fueron al ayuntamiento a contraer matrimonio solamente con sus padres y dos testigos. Y a los que hacen algún tipo de fiesta después, los entiendo también. Si alguien ha esperado para este momento, si ha madurado, si ha puesto sus esfuerzos trabajando la comunicación, conociendo al otro, aprendiendo a resolver conflictos, desarrollando su paciencia, etc., ¿no querrá celebrar que ya está listo, preparada? La etapa de “comprobar” está finalizada, ahora ya saben y tienen la certeza de que quieren estar juntos. En nuestra sociedad tenemos la costumbre de celebrar la finalización de una etapa y el comienzo de otra. Cumplir dieciocho años, terminar los estudios, mudarse, ser padres, jubilarse, etc. Celebramos también acontecimientos alegres, eventos especiales y logros: nacimiento de un hijo, cumpleaños, aniversarios, el Día de la Madre o de San Valentín, sacar el carné de conducir, aprobar un examen, conseguir un trabajo, ganar la lotería… Si algo nos alegra, es muy natural que queramos celebrarlo con las personas cercanas. No tiene que ser una fiesta tradicional, ni siquiera tiene que haber una fiesta.

Hay personas que rechazan la idea de casarse porque “no son religiosas” y no se ven yendo hacia el altar. Sin embargo, en una gran parte del mundo, las bodas religiosas no son obligatorias, es decir, nadie nos obliga a “hacer teatro” en una iglesia/mezquita/sinágoga u otro sitio, sino que podemos contraer matrimonio en una institución pública. Supongo que la mayoría de las personas que leen esta entrada viven en un país libre y no se les obliga a participar en actos religiosos que no comparten. De igual manera asumo que la persona que quiere casarse sea una persona adulta, autónoma, con libre voluntad y capacidad de decidir sobre sí misma y no tiene que cumplir con lo que sugieran los padres o la sociedad.

Finalmente, hay personas que sí quieren casarse, pero esperan años para ahorrar suficiente dinero y poder organizar la fiesta de sus sueños. Dicen “no me caso porque no tengo dinero”, sin embargo la apertura y tramitación del expediente matrimonial en el Registro Civil es gratuita. He ido a varias bodas civiles y fueron igual de bonitas, pero sobre todo, cumplieron con su objetivo que es contraer matrimonio.

 

“La gente se casa y luego se divorcia”

El miedo al compromiso y a que la relación no dure “toda la vida”, como se supone que debería, echa a muchas personas atrás. La estadística no anima. Es cierto que hay muchos divorcios y el matrimonio ya no necesariamente es sinónimo de una relación estable y duradera. Sin embargo, creo que nadie se casa pensando que su matrimonio no va a perdurar, ¿verdad? Pienso que si uno no está seguro de que la relación actual es de por vida, es comprensible y lógico que no se case, al menos todavía. Y también veo coherente que alguien no prometa nada porque simplemente no está interesado en una relación de compromiso o porque no cree en la monogamia y opta por otro tipo de relaciones. Sin embargo, el argumento de los crecientes divorcios pierde su validez, coherencia y lógica si esa misma persona declara que nunca abandonará a su pareja. Todos hemos sido testigos de divorcios mediáticos de las estrellas del cine, hemos visto a nuestros amigos o familiares separarse. Muchos de nosotros vivieron la ruptura matrimonial de nuestros propios padres. Tal vez, hayamos tenido pareja y pensábamos que íba a ser para siempre, pero la realidad fue otra. Hemos vivido una decepción enorme y hemos aprendido a no confiar y no optar por un compromiso que pudiera acabar igual. ¿Tal vez lo que nos paraliza es el miedo y no las tradiciones o los papeles? Por eso creo que el factor que más influye en querer contraer matrimonio o no es el tipo de compromiso que une a la pareja. Yo distingo dos tipos principales. Puedes leer sobre ellos aquí: dos tipos de compromiso.

Aga

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